La Prof. Griselda Orellano nos invitó a la refelexión con su discurso al inicio de la jornada escolar para conmemorar el 24 de Marzo.
Hace 48 años, el 24 de marzo de 1976, en complicidad con una porción de la población civil y al amparo de un sector de las autoridades religiosas, las Fuerzas Armadas llevaron adelante el más brutal atentado a la vida democrática de la Nación. Fue la sexta vez en la historia argentina, que un grupo de militares tomaba el gobierno por la fuerza, ignorando el poder de la soberanía popular, principio sagrado de la República.
El Proceso de Reorganización Nacional fue la denominación que eligieron para someter a los ciudadanos a siete años de ajuste económico, endeudamiento internacional, destrucción de la industria nacional y desocupación. Como si ello no alcanzara para aniquilar el futuro de un país, la dictadura a cargo de Jorge Rafael Videla organizó un siniestro plan de imposición del terror, que violó todos los derechos civiles, sociales y políticos. La Junta Militar se arrogó la potestad de decidir quién vivía, quién moría y quién desaparecía.
Quiero compartir con ustedes una reflexión de Martín Kohan, un escritor argentino, profesor de Teoría Literaria de la UBA, pronunciada en marzo de 2017:
“La cifra de 30 mil no solo es abierta desde la noción más fuerte, es una interpelación al Estado, es una exigencia de respuesta. El terrorismo de Estado fue una matanza feroz para quebrar todo sentido de participación política y de reivindicaciones sociales. No tenemos muertos, tenemos desaparecidos, porque la represión fue clandestina, porque se siguen buscando los cuerpos y los niños apropiados. La cifra está abierta por eso”.
El desaparecido es una figura histórica que la democracia aún no ha podido explicar. La discusión no es una ecuación matemática, es una cuestión moral y política, porque el terrorismo de Estado produjo muertos y desaparecidos, y no son lo mismo. Establecer una cifra exacta no es posible, porque no se sabe dónde están, lo cual configura la gran deuda que la democracia tiene con aquellos ciudadanos que fueron arrancados del Estado de derecho.
La memoria, la verdad y la justicia son valores universales, esenciales para toda la Humanidad, no son propuestas ideológicas o partidarias. La memoria, la verdad y la justicia contribuyen a garantizar la vida democrática.
Ahora bien, ¿qué responsabilidad nos cabe a cada uno de nosotros en este planteo? No importa cuál sea nuestro lugar, de estudiantes o de profesores, tenemos la obligación de defender el Estado de Derecho que la letra de la Constitución ampara.
No olvidar, no enterrar la memoria, rescatar la Historia, pero hacerlo desde el amor a los demás, sin rencores, sin odios, simplemente pensando en vivir mejor en un país en el que haya lugar para todos.
Luchar por nuestra libertad, defender nuestros derechos, para que NUNCA MÁS seamos presa del terror, para no dejarnos aplastar por el miedo, para no permitir atropellos, para enaltecernos en nuestra condición humana.
NUNCA MÁS el miedo, NUNCA MÁS las persecuciones por pensar diferente, nunca más las amenazas, NUNCA MÁS la represión, NUNCA MÁS.
Griselda Orellano